por Alejandro reyes

 

Mientras en los centros neurálgicos de la economía global, desde Silicon Valley hasta los foros económicos mundiales, una pregunta lo consume todo –¿cómo sobreviviremos a la irrupción de la Inteligencia Artificial?–, en Colombia, nuestro debate público parece atrapado en un bucle temporal. Mientras Darío Amodei, CEO de Anthropic, vaticina una «masacre de cuello blanco» con la potencial automatización del 50% de los empleos de oficina en cinco años, el Capitolio Nacional libra una batalla encarnizada y consume su valioso capital político en definir si la jornada nocturna debe empezar a las 7 p.m. o a las 9 p.m.

Esta desconexión no es una simple anécdota; es el síntoma de una miopía estratégica alarmante. Nos encontramos ante una paradoja desoladora: mientras el mundo se prepara para la transformación laboral más profunda desde la Revolución Industrial, Colombia invierte su energía en legislar con fervor sobre un modelo de trabajo que, en gran medida, está a punto de convertirse en una pieza de museo.

 

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La reforma laboral impulsada por el Gobierno y su posterior drama político, incluyendo la amenaza de una consulta popular vía decreto, se ha centrado en reivindicaciones justas pero ancladas en el siglo XX. Se habla de la primacía del contrato a término indefinido, del incremento de recargos por trabajo dominical al 100%, de licencias de paternidad extendidas e incluso de permisos por enfermedad menstrual. Nadie en su sano juicio podría oponerse a dignificar las condiciones de los trabajadores actuales en un país con una informalidad que supera el 57%. El problema no es la nobleza de la intención, sino la ceguera ante el contexto.

Estamos puliendo meticulosamente los bronces de un barco que se dirige, a toda máquina, hacia el iceberg de la IA. La historia, como bien lo demuestran los análisis, está llena de estos momentos. La imprenta de Gutenberg dejó sin oficio a miles de monjes copistas, pero parió un universo nuevo de impresores, editores, libreros y periodistas. La máquina de vapor barrió con los artesanos, pero construyó el proletariado industrial y la ingeniería moderna. La lección histórica no es que la tecnología destruye el trabajo, sino que lo transforma de manera irreversible y, a menudo, brutal para quien no se adapta. La diferencia crucial, que parecemos ignorar, es la velocidad. La transición del escriba al impresor tomó décadas; la de un analista de datos a un supervisor de algoritmos podría tomar meses.

 

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¿Dónde está, en nuestra agenda nacional, el debate sobre esta transición inevitable? ¿Dónde están las audiencias públicas para discutir cómo formar a la próxima generación de ingenieros de prompts, de auditores de sesgos algorítmicos, de especialistas en ciberseguridad para sistemas autónomos o de eticistas de IA, que son los empleos que el futuro ya está demandando? ¿Dónde está el plan de choque para reconvertir a los cientos de miles de trabajadores de oficina y administrativos cuyos puestos son los más vulnerables a esta nueva ola de automatización cognitiva?

En su lugar, la conversación pública se agota en una polarización feroz sobre si una empresa debe pagar un 75% o un 100% de recargo por un festivo. Es una discusión importante para el trabajador de hoy, pero resulta trágicamente insuficiente para el trabajador de mañana, quien quizás no tenga festivo que cobrar porque su labor ya la realiza un algoritmo.

 

La reforma, tal como se plantea, busca proteger con un celo admirable una estructura laboral que la IA amenaza con disolver. Intenta formalizar y dar estabilidad a una sociedad obrera que, muy probablemente, no existirá en su forma actual en cinco o diez años. Es como si en 1900 se hubiese legislado para darle mejores herraduras y establos a los caballos, ignorando por completo el rugido del motor de combustión interna que ya se escuchaba en el horizonte.

No se trata de abandonar la lucha por los derechos laborales actuales. Se trata de reconocer, con sentido de urgencia, que esa lucha es incompleta y estéril si no va de la mano de una estrategia nacional para la adaptación a la era de la IA. La verdadera reforma progresista, la que genuinamente se preocupa por el futuro de los trabajadores, debería tener dos carriles: uno que corrija las injusticias del presente, y otro, mucho más amplio y urgente, que construya las capacidades para el futuro.

Mientras nuestros líderes políticos se enfrascan en la legitimidad de un decreto o en el porcentaje de un recargo, están fallando en su deber más elemental: preparar a la nación para el cambio más disruptivo de nuestra era. Están garantizando, quizás sin saberlo, que Colombia llegue tarde y mal preparada a una nueva economía global, dejando a millones de ciudadanos con derechos recién adquiridos para empleos que han dejado de existir. La mayor precariedad no es un contrato a término fijo, sino una fuerza laboral analfabeta para el lenguaje del futuro.